Felipa Sosa, conocida como la comadre de Los Jabillos, personaje popular de la historia comunitaria de Las Tejerías.

Felipa Sosa, la comadre de Los Jabillos

En Los Jabillos, subiendo por La Cañada de Las Veras, antes de llegar a la esquina de la bodega de los Caripas, había un ranchón que casi parecía esconderse del barrio. Tenía una sola puerta y, para entrar, había que levantar la pierna y pasar por encima de una tabla atravesada, como si aquella entrada marcara una frontera entre la calle y el mundo de Felipa Sosa. Allí vivía ella.

Felipa era una mujer de edad avanzada, muy delgada, de piel arrugada y con una voz que no necesitaba amplificador. Cuando hablaba, se hacía escuchar, y cuando sonreía, había un detalle que no pasaba inadvertido: un diente de oro que brillaba entre aquella boca que siempre tenía algo que decir.

Pero lo que realmente alumbraba aquel rancho no era la luz, porque muchas veces ni siquiera había electricidad, sino la personalidad de aquella mujer.

Felipa tenía una cualidad que no se aprende: sabía resolver.

Si alguien necesitaba un favor, allí estaba Felipa. Si algún muchacho llegaba buscando consejo, allí estaba Felipa. Y si había que poner orden, también.

Hay un detalle de su historia que dice mucho de quién era aquella mujer. Cuando comenzó a organizarse la escuela de Los Jabillos, la maestra Hilda de Azuaje censó a los niños que necesitaban estudiar. Pero había un pequeño problema: no había aula. Entonces, Felipa prestó un espacio de su casa para que allí comenzaran las clases.

Así, aquel ranchito de una sola puerta, con una tabla atravesada en la entrada, se convirtió también en la primera aula de la escuela de Los Jabillos. Los niños comenzaron allí su camino de aprendizaje y Felipa, sin discursos ni ceremonias, simplemente puso lo que tenía a disposición de la comunidad.

Quizás por eso casi todo el mundo le decía comadre. Era madrina de buena parte de los muchachos del barrio y ellos, cuando se la encontraban, no pasaban de largo: le pedían la bendición.

Los viernes por la tarde comenzaba el movimiento. El picó se prendía y la música de aquellas orquestas que apenas comenzaban a sonar, como La Dimensión Latina, se metía por todos los rincones de Los Jabillos. La fiesta arrancaba el viernes y, dependiendo del ánimo del barrio, podía terminar el domingo por la noche o amanecer el lunes.

No había grandes equipos, ni luces de discoteca, ni comodidades. Había un picó, unos discos, una comunidad y ganas de vivir.

Y cuando aparecía un baile de joropo tuyero, aquello era otra cosa. Si la pareja era Mario Mellado, había que coger palco. Aquel zapateo de alpargatas no era para escucharlo de lejos, sino para quedarse mirando. El piso parecía responder a cada golpe y el baile se convertía en un espectáculo.

Un buen joropo, un palo de ron y el barrio entero alrededor: con eso bastaba para que la noche tuviera sentido.

Y allí estaba Felipa.

Con su humor negro, rápido e inteligente, siempre tenía una respuesta preparada, de esas que primero hacían reír y después obligaban a pensar. Muchas veces, mientras soltaba alguna de aquellas ocurrencias, el diente de oro le daba un pequeño destello a la escena.

Felipa también cargó con una historia que pocos olvidan: su hija Chela se fue demasiado temprano y le dejó cinco nietos. Y Felipa, sin discursos ni grandes explicaciones, los levantó, los crio y los sacó adelante.

Porque había mujeres que no necesitaban que nadie les explicara qué significaba hacerse cargo de una familia. Simplemente lo hacían.

Recuerdo que, en algún momento, Felipa dejó aquel ranchito de Los Jabillos y se mudó a una casa a orillas de la carretera Panamericana, junto a un camino que conducía hacia los fondos de la escuelita. Allí vivió durante un tiempo.

Nunca supe exactamente por qué se fue.

La última vez que vi a Felipa fue en aquella casa. Estaba sentada en un mecedor de tablitas, frente a un ventilador, tratando de ganarle un poco de aire al calor.

El cáncer ya había hecho su trabajo sobre aquel cuerpo pequeño y delgado. Tenía un pañal que le cubría sus pequeños senos.

Pero hay algo que nunca se me olvidó: no la escuché quejarse y tampoco perdió su humor.

Seguía siendo Felipa: la misma mujer de voz fuerte, de respuesta rápida, de ocurrencia inesperada y de aquel diente de oro que tantas veces le había visto brillar cuando se reía.

Solo que esta vez la vida le había puesto delante una pelea que ya no podía resolver con un favor, una palabra o una de sus respuestas.

Y aun así, allí estaba, como siempre, de pie, aunque estuviera sentada.

Este recuerdo no trata solamente de una casa, ni de una puerta, ni de una tabla atravesada. Trata de Felipa.

De esas mujeres que, sin tener mucho, terminaron siendo mucho para todos. De esas mujeres que prestaron un cuarto para que unos niños comenzaran a estudiar, que ayudaron a levantar familias, que criaron nietos sin dejarse vencer por las circunstancias y que ayudaron a construir barrios sin que nadie les entregara una placa, un reconocimiento ni una medalla.

En Los Jabillos, Felipa Sosa no era simplemente una vecina. Era la comadre.

Y todavía, en la memoria de aquellos muchachos que alguna vez pasaron por aquella puerta, permanecen su voz, su humor, su diente de oro, el zapateo de unas alpargatas sobre el piso, aquella primera aula improvisada y la bendición que nunca faltaba.

En honor a Felipa Sosa.

Texto: Gustavo Adolfo Baüer Grimán
Diseño Web: Antonio Pestana
www.lapuertadearagua.com

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1 Comentario
Gustavo Bauer
Gustavo Bauer
29 de octubre de 2026 12:55 PM

Excelente Papi.

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