EL PRIMER ENCUENTRO Por Donato Giannattasio

Hay fechas y acontecimientos que dejan una huella imborrable en nuestras vidas. Para mí, una de ellas es el 8 de febrero de 1959, día de mi primer encuentro con Las Tejerías. Tenía apenas siete años de edad. La noche anterior había transcurrido entre el insomnio y la ansiedad: volvería a ver a mi padre, quien desde hacía tres años se encontraba en Venezuela. También me esperaba una nueva realidad: aprender otro idioma, hacer nuevos amigos y asistir a una escuela diferente. El viaje en barco desde Italia había durado más de quince días.

Recuerdo que, antes de amanecer, nos encontrábamos en la cubierta del barco, sorprendidos por la gran cantidad de luces que brillaban en lo alto, más allá del puerto.

Después de cumplir con los trámites aduanales, cerca de las diez de la mañana emprendimos el viaje hacia el lugar que habría de convertirse en mi pueblo. Al pasar por Caracas quedamos impresionados por la cantidad de pequeñas casas que cubrían los cerros. Viajábamos en compañía del Sr. Constanzo Cipriani, quien amablemente había ido a buscarnos en su automóvil, un Ford Fairlane, si la memoria no me falla.

Luego de más de dos horas de recorrido, al salir de una curva —que años después supe que llamaban la vuelta de la Sayona—, a escasos cincuenta metros de la entrada de Tabacal, mi padre nos dijo: «Miren, esa es la iglesia del pueblo». Allí estaba, elevándose sobre las copas de los árboles, inmensa y majestuosa, dominando el paisaje con su alta torre: la iglesia Nuestra Señora del Carmen.

Al llegar encontramos una gran algarabía. Las calles estaban llenas de gente. Era domingo de carnaval. Finalmente llegábamos a la dirección que tantas veces habíamos visto escrita en los sobres de las cartas que recibíamos: calle Bermúdez Nro. 48, la casa que sería nuestro hogar durante los siguientes treinta y siete años.

Lo primero que nos llamó la atención fue el calor. Habíamos dejado Italia en pleno invierno, por lo que la pregunta surgió de inmediato: «¿Es así todo el año?». También nos sorprendieron las casas, tan distintas a las que conocíamos. La mayoría eran de un solo piso y tenían techos de tejas. En todo el pueblo apenas existían seis casas de dos pisos. Además, por primera vez en mi vida veía gente de color.

Esa misma noche salimos a la plaza. Allí conocimos a una familia italiana, los Silvestri, y al padre Manetti. Había numerosos niños y adultos disfrazados que disfrutaban alegremente de las festividades de carnaval.

A la mañana siguiente, antes de las seis, nos despertó el constante ir y venir de personas por las calles. Casi todos llevaban una olla llena de maíz para molerlo en el molino del Sr. Cortez, ubicado en la esquina oriental del cruce de la calle Bermúdez con 19 de Abril. Conforme avanzaba el día, las calles se llenaban de personas jugando con agua y pintura. Incluso mojaron a mi hermana mientras observaba por la rendija de la puerta, situación que estuvo a punto de provocar una pelea con mi padre.

Durante los días siguientes me llamó mucho la atención la cantidad de vehículos abandonados en las calles, muchos de ellos ya convertidos en chatarra. También recuerdo que por esos días se construía la actual casa parroquial.

Después vinieron jornadas de soledad. No tenía amigos con quienes jugar, aún no asistía a la escuela y no hablaba castellano. Sin embargo, poco a poco el tiempo fue pasando. Comencé a asistir a clases, conocí nuevas personas y fui integrándome a la vida del pueblo.

Hoy, 67 años después, todos aquellos recuerdos permanecen intactos e imborrables en mi memoria.

Texto: Donato Giannattasio
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