El Gran Jaimote, Jaime Santana, personaje popular de Las Tejerías

El Gran Jaimote, memoria viva de Las Tejerías

Hay lugares donde el tiempo no pasa del todo, solo se sienta a descansar. Uno de ellos es la Plaza Bolívar de Las Tejerías. Basta una tarde cualquiera, sin prisa, para que los recuerdos comiencen a caminar solos. Y entre esos caminos de la memoria, casi siempre aparece él: inconfundible, entrañable, imposible de olvidar.

Alto, desgarbado, de rostro áspero y mejillas hundidas, con una sonrisa que dejaba ver más encías que dientes y un mentón que parecía adelantarse a sus palabras. Su hablar seseante y su presencia singular contrastaban con una dulzura genuina, especialmente cuando se acercaba a los niños, fueran conocidos o no, para regalarles golosinas y bendecir, a su manera, a quienes los acompañaban. Así era Jaime Santana, el querido “Jaimote”, hijo de esta tierra y figura viva del anecdotario popular tejerieño.

Hijo de Francisca “Panchita” Santana y Pedro Caballero, Jaimote no siempre fue solo personaje de historias. En su juventud participó como ciclista y pelotero en el equipo Comercio, y también se ganó la vida en oficios como la albañilería y la plomería. Pero más allá de eso, lo que realmente lo convirtió en leyenda fueron sus ocurrencias, sus excesos y su forma tan peculiar de habitar el pueblo.

De noche, por ejemplo, disfrutaba asustar a los desprevenidos. Se cubría con una larga camisa blanca y aparecía de repente como un espectro callejero, provocando carreras y sustos memorables. Hasta que una noche, la historia dio un giro. “Carlucho” Ríos, padre de Carlos Ríos, conocido cariñosamente como Carlitos Ríos, le preparó una trampa. Escondido junto a su camión en la Calle Sucre, frente al Bar Morocopo, esperó el momento justo. Cuando apareció el “espanto”, salió machete en mano, haciéndolo rastrillar contra el suelo hasta sacar chispas. El susto cambió de dueño. Jaimote, ahora el asustado, soltó su disfraz y huyó. Nunca más volvió a espantar.

Pero no todo en su recuerdo es travesura. También hay ternura. Iraida Nazareth Echezuría Azuaje, por ejemplo, aún conserva una muñeca que él le regaló, testimonio silencioso de su generosidad. Y quienes lo vieron en sus días más desordenados también lo recuerdan con cierta nostalgia, como aquella tarde en la plaza, cuando improvisó un “banquete” sobre el concreto con sardinas y cambures, comiéndolos con total naturalidad, como si se tratara del mejor manjar.

Fue un trabajador a su manera, incluso se dice que colaboró en el mantenimiento del Estadio Municipal. Dormía donde le alcanzara la noche, el estadio, una antigua sede de Copei o la casa de su prima Margarita Santana. Su relación con el alcohol era intensa y cíclica, podía dejarlo por meses, pero cuando regresaba, lo hacía sin medida. Y en esos períodos, sus ocurrencias se multiplicaban.

En Navidad, sin embargo, se transformaba. Se vestía con esmero, repartía juguetes y dulces, y dejaba ver una versión festiva y generosa de sí mismo. También podía encender cigarrillos con billetes o irrumpir en la iglesia durante las misas decembrinas, siempre fiel a su estilo irreverente.

Jaimote fue contradicción, exceso, ternura y locura; fue parte del paisaje humano de Las Tejerías. No se le conoció descendencia, pero dejó algo más duradero, historias, risas, sustos y recuerdos que aún circulan entre quienes lo vieron andar.

Un día, sin avisar mucho, se despidió. Y aunque ya no se siente su figura recorrer las calles, sigue presente en cada anécdota que se cuenta en voz baja o en carcajadas. Porque hay personas que no se van del todo, se quedan viviendo en la memoria de su pueblo. Y Jaimote, sin duda, es uno de ellos.

Reseña histórica: Antonio Pestana
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Jaimote junto a su ahijada Yajaira

Jaimote acompañado de su ahijada Yajaira
Fotografía: Delia Berroteran

Jaimote después de una jornada de trabajo

Jaimote después de una jornada de
trabajo, una buena pea.
Fotografía: Delia Berroteran

Jaimote junto a Aso-Estrella en el día de inauguración

Jaimote junto a Aso-Estrella en el día del encendido inaugural. En muchas ocasiones se quedaba cuidando los materiales durante la noche